Desdicha

US$ 1.500,00

Sumérgete en la profundidad emocional del arte contemporáneo con ‘Desdicha’, una obra que captura la esencia de la vida en su máxima expresión.

  • Dimensiones: 100 × 80 cm, creando un impacto visual notable en cualquier espacio.

  • Técnica de óleo y acrílico sobre tela, combinando texturas y colores vibrantes.

  • Obra única que evoca emociones profundas y reflexiones sobre la vida.

Esta pieza no solo embellece tu ambiente, sino que también invita a la introspección sobre la condición humana, ofreciendo un punto de conversación significativo para tus invitados.

Desdicha es una obra excepcional, de fuerte impacto visual y emocional, que se impone desde el primer vistazo. No acompaña un espacio: lo domina. Es uno de esos cuadros que no pasan desapercibidos, que obligan a detenerse y generan conversación.

La pieza destaca por su potencia expresiva, el manejo preciso del color y una composición que equilibra sensibilidad y carácter. La técnica, minuciosa y profundamente personal, construye una imagen con identidad propia, imposible de confundir o reemplazar. Cada capa aporta profundidad y tiempo, dando como resultado una obra sólida, madura y de gran presencia.

Es un cuadro pensado para coleccionistas que buscan algo más que decoración: una obra con peso, con relato implícito y con una estética que se sostiene tanto en un ámbito privado como en un espacio institucional. Desdicha representa un punto alto dentro de la producción del artista y una pieza clave para cualquier colección contemporánea que valore la intensidad, la autenticidad y la singularidad.

La obra propone un recorrido visual que abarca el tránsito de la infancia y el contraste con la vejez, articulando símbolos que conviven entre la belleza de lo ilusorio y la crudeza de lo real.

El paisaje inicial —sol, arcoíris, casa y camino— remite al imaginario infantil, pero presenta fisuras que anticipan la pérdida de ese mundo: la casa, pintada en colores luminosos, revela un interior oscuro, sugiriendo que incluso los refugios de la infancia contienen sombras que el tiempo termina por exponer. La estructura descascarada señala cómo la fantasía se erosiona y obliga al niño a ingresar en la realidad. La puerta cerrada confirma la imposibilidad de regresar a ese origen. En contraste, la ventana abierta significa experiencia, aprendizaje, memoria; ya que no ofrece una vía de retorno, sino un punto de contemplación: un marco desde el cual mirar al pasado.

El hombre ocupa el centro de la composición como figura atravesada por el tiempo, dándole la espalda a su historia no como gesto de negación, sino como reconocimiento de que esa fantasía de mundo cuasi ideal quedó atrás. Su gesto agotado, la textura puntillista que acentúa cada surco y la herramienta que sostiene condensan una vida dedicada al trabajo y al esfuerzo cotidiano. La mano oscura sobre su pecho irrumpe como un símbolo ambivalente: un límite, un “basta”, pero también la marca de aquello que lo formó. En la base, el lirio marchito representa el final de la inocencia, el cierre de un ciclo vital y emocional.

El puntillismo en la figura opera como metáfora del desgaste acumulado: cada punto es una marca mínima generada por las historias que lo atraviesan. La identidad del hombre se vuelve así la suma visible de esas huellas.

Un detalle casi silencioso —el anillo en la mano “equivocada”— sugiere una ausencia: una viudez, una pérdida o un vínculo interrumpido. Ese gesto mínimo amplifica la lectura del retrato, insinuando que la desdicha no es un hecho aislado, sino la suma de experiencias que moldean al sujeto.

En conjunto, la obra confronta al espectador con la distancia entre lo que se soñó y lo que finalmente aconteció. No es un relato derrotista: revela que, incluso cuando la vida se ha endurecido, permanece un resquicio desde donde mirar, comprender y seguir adelante.

Sumérgete en la profundidad emocional del arte contemporáneo con ‘Desdicha’, una obra que captura la esencia de la vida en su máxima expresión.

  • Dimensiones: 100 × 80 cm, creando un impacto visual notable en cualquier espacio.

  • Técnica de óleo y acrílico sobre tela, combinando texturas y colores vibrantes.

  • Obra única que evoca emociones profundas y reflexiones sobre la vida.

Esta pieza no solo embellece tu ambiente, sino que también invita a la introspección sobre la condición humana, ofreciendo un punto de conversación significativo para tus invitados.

Desdicha es una obra excepcional, de fuerte impacto visual y emocional, que se impone desde el primer vistazo. No acompaña un espacio: lo domina. Es uno de esos cuadros que no pasan desapercibidos, que obligan a detenerse y generan conversación.

La pieza destaca por su potencia expresiva, el manejo preciso del color y una composición que equilibra sensibilidad y carácter. La técnica, minuciosa y profundamente personal, construye una imagen con identidad propia, imposible de confundir o reemplazar. Cada capa aporta profundidad y tiempo, dando como resultado una obra sólida, madura y de gran presencia.

Es un cuadro pensado para coleccionistas que buscan algo más que decoración: una obra con peso, con relato implícito y con una estética que se sostiene tanto en un ámbito privado como en un espacio institucional. Desdicha representa un punto alto dentro de la producción del artista y una pieza clave para cualquier colección contemporánea que valore la intensidad, la autenticidad y la singularidad.

La obra propone un recorrido visual que abarca el tránsito de la infancia y el contraste con la vejez, articulando símbolos que conviven entre la belleza de lo ilusorio y la crudeza de lo real.

El paisaje inicial —sol, arcoíris, casa y camino— remite al imaginario infantil, pero presenta fisuras que anticipan la pérdida de ese mundo: la casa, pintada en colores luminosos, revela un interior oscuro, sugiriendo que incluso los refugios de la infancia contienen sombras que el tiempo termina por exponer. La estructura descascarada señala cómo la fantasía se erosiona y obliga al niño a ingresar en la realidad. La puerta cerrada confirma la imposibilidad de regresar a ese origen. En contraste, la ventana abierta significa experiencia, aprendizaje, memoria; ya que no ofrece una vía de retorno, sino un punto de contemplación: un marco desde el cual mirar al pasado.

El hombre ocupa el centro de la composición como figura atravesada por el tiempo, dándole la espalda a su historia no como gesto de negación, sino como reconocimiento de que esa fantasía de mundo cuasi ideal quedó atrás. Su gesto agotado, la textura puntillista que acentúa cada surco y la herramienta que sostiene condensan una vida dedicada al trabajo y al esfuerzo cotidiano. La mano oscura sobre su pecho irrumpe como un símbolo ambivalente: un límite, un “basta”, pero también la marca de aquello que lo formó. En la base, el lirio marchito representa el final de la inocencia, el cierre de un ciclo vital y emocional.

El puntillismo en la figura opera como metáfora del desgaste acumulado: cada punto es una marca mínima generada por las historias que lo atraviesan. La identidad del hombre se vuelve así la suma visible de esas huellas.

Un detalle casi silencioso —el anillo en la mano “equivocada”— sugiere una ausencia: una viudez, una pérdida o un vínculo interrumpido. Ese gesto mínimo amplifica la lectura del retrato, insinuando que la desdicha no es un hecho aislado, sino la suma de experiencias que moldean al sujeto.

En conjunto, la obra confronta al espectador con la distancia entre lo que se soñó y lo que finalmente aconteció. No es un relato derrotista: revela que, incluso cuando la vida se ha endurecido, permanece un resquicio desde donde mirar, comprender y seguir adelante.