Acrílico sobre tela 35 x 50
En Viaje Onírico, la escena transcurre en la etapa dos del sueño, ese umbral donde la conciencia aún no se apaga del todo y la mente comienza a construir imágenes fragmentarias. El niño, representado con trazo continuo y firme, se aferra a su oso de peluche como objeto de protección y anclaje a lo real. La cama, también definida con formas sólidas, actúa como frontera física entre la vigilia y el mundo onírico. Sobre la sábana aparecen pequeños barcos, anticipo simbólico del sueño que se gesta. El respaldo de la cama, levemente quebrado, introduce la primera fisura de la realidad. Frente al niño irrumpe un barco antiguo, construido íntegramente con técnica puntillista, suspendido en un espacio nocturno profundo. No navega el mar, sino la mente: su apariencia encendida y vibrante sugiere una imagen en formación, inestable, propia del sueño. La contraposición entre lo sólido y lo fragmentado establece un diálogo claro entre realidad y ensoñación, donde el viaje no es físico sino mental, y ocurre en ese instante preciso en el que el mundo exterior comienza a disolverse.
Acrílico sobre tela 35 x 50
En Viaje Onírico, la escena transcurre en la etapa dos del sueño, ese umbral donde la conciencia aún no se apaga del todo y la mente comienza a construir imágenes fragmentarias. El niño, representado con trazo continuo y firme, se aferra a su oso de peluche como objeto de protección y anclaje a lo real. La cama, también definida con formas sólidas, actúa como frontera física entre la vigilia y el mundo onírico. Sobre la sábana aparecen pequeños barcos, anticipo simbólico del sueño que se gesta. El respaldo de la cama, levemente quebrado, introduce la primera fisura de la realidad. Frente al niño irrumpe un barco antiguo, construido íntegramente con técnica puntillista, suspendido en un espacio nocturno profundo. No navega el mar, sino la mente: su apariencia encendida y vibrante sugiere una imagen en formación, inestable, propia del sueño. La contraposición entre lo sólido y lo fragmentado establece un diálogo claro entre realidad y ensoñación, donde el viaje no es físico sino mental, y ocurre en ese instante preciso en el que el mundo exterior comienza a disolverse.